Seamos sinceros, cuando entramos a redes sociales y leemos comentarios sobre la actualidad de los Pumas, no falta el avispado que se ilusiona con refuerzos tipo Tigres o Monterrey cada semestre. La verdad es que nada está más lejos de la realidad.

A lo largo de su historia, Pumas siempre se ha caracterizado por ser un equipo fiel a sus ideales. Baja inversión, desarrollo de fuerzas básicas y, muy de vez en cuando, un fichaje de cierto renombre, aunque jamás un golpe sobre la mesa como contrataciones estratosféricas como las de los equipos del Norte y en algún momento, el América.

Este año, tras ser vapuleados por la pandemia (al igual que todos los equipos), parece que será la primera ventana de transferencias que veremos la austeridad de Pumas en su máximo «esplendor». Con tan sólo refuerzos para la filial de Pumas Tabasco, que por el doble carnet pueden ser considerados por Andrés Lillini, los únicos nombres que se manejan (casi sin humo) son los de Sandro Rengifo, un atacante peruano que se encuentra sin equipo y los de los desempleados de la MLS (Carlos Fierro, Alanís, Efraín Juárez, Van Rankin, etc.), varios de ellos ya con pasado en Pumas.

Cualquier ser pensante consideraría que tras la venta de Erick Lira a Cruz Azul por alrededor de 4 millones de dólares y lo ingresado por otras formas, los Pumas arremeterían por un refuerzo de calidad. Pero la verdad es que no, y todo parece indicar que salvo los casos de Omar Islas (que parece opción interesante), Juan Aguayo, Víctor Guajardo y Rafael Durán (este último mostró cositas interesantes en Tigres cuando debutó), no veremos nada más.

A rezar.