Por Alexis Fernández
El mundo del fútbol nos ha regalado un sinfín de momentos memorables a lo largo de su historia; sin embargo, la que estoy apunto de contarles es una de las mejores.
El Estadio Olímpico Atarük en Turquía fue abarrotado por 69 mil 600 aficionados del Milan y el Liverpool, quienes jugaban la 50° edición de la Final de Champions League en aquel lejano 2005.
El Milan venía de eliminar al PSV gracias a la regla del gol de visitante, mientras que el Liverpool había sufrido ante el Chelsea para sacarlo de la competencia por la mínima.
Los rossoneros eran los favoritos para llevarse el trofeo a casa; las acciones dieron inicio y con menos de un minuto de juego, Paolo Maldini puso el 1-0 para los de Milán.
Con un comienzo atípico para los ingleses, al minuto 39, Hernán Crespo se encargó de poner el 2-0 en la eliminatoria y posteriormente el 3-0 para irse al descanso con gran ventaja.
Lo siguientes minutos son inexplicables; los Reds pusieron 3-1 el juego de la mano de Steven Gerrard. Smice disminuyó la desventaja con el 3-2 y sería Xabi Alonso, que desde los once pasos empataría el marcador 3-3.
El Olímpico de Aturük se había convertido en Anfield en ese momento, las lágrimas de los hinchas ingleses estaban presentes, mientras que los aficionados italianos no podían quitar el semblante de asombro de sus rostros.
La prórroga no fue suficiente para definir el partido, por lo que se llegó a la instancia de los penales. Pirlo y Seginho fallaron sus tiros; Dida sacó el impacto de Riise y devolvió la esperanza, pero la mano de Dudek ante el cobro de Shevchenko se haría presente para darle su 5° Champions al Liverpool.
El milagro de Estambul estaba escrito, el Liverpool se hacía campeón después de gestar una de las volteretas más históricas para la magia que envuelve al deporte rey.
